Boston posee una mística académica inigualable. Entre las aulas del MIT y las centenarias estructuras de Harvard se moldean las mentes que intentan resolver los grandes enigmas del siglo. Sin embargo, sobre el césped del Gillette Stadium, quedó demostrado que ninguna de esas prestigiosas casas de estudio tiene todavía la fórmula matemática para descifrar cómo se frena a la Francia de Kylian Mbappé. En una exhibición de jerarquía, paciencia y voracidad física, el seleccionado de Didier Deschamps despachó con un inapelable 2-0 a una deslucida Marruecos, firmando su pasaporte a la tercera semifinal mundialista consecutiva.

El escenario del partido traía consigo fantasmas históricos para el fútbol sudamericano: el antiguo Foxboro, hoy remodelado bajo los estándares modernos de Massachusetts, fue el patio trasero donde a Diego Armando Maradona «le cortaron las piernas» en el Mundial de 1994. Treinta y dos años después, lo que le sobra a esta versión de Francia son, precisamente, piernas. Los galos minimizaron las virtudes de una Marruecos que prometía ser la piedra en el zapato del torneo y terminaron desnudando que la estrategia de colgarse del travesaño, la misma que previamente había intentado Paraguay, está destinada al fracaso frente a semejante constelación de estrellas.
El muro de Bounou y el monólogo inicial
Desde el pitazo del argentino Facundo Tello —de sobria y destacada labor arbitral— el trámite tuvo un único dueño. Marruecos, afectada notablemente por la baja de su carta de gol, Ismael Saibari (flamante incorporación del Bayern Múnich), decidió refugiarse excesivamente cerca de su propio arco. El partidazo que el ambiente del fútbol neutral esperaba en la previa se diluyó rápido por la falta de ambición de los africanos, que jamás pudieron activar circuitos de contragolpe para incomodar a Mike Maignan.
Si el marcador no se abrió en la primera mitad fue pura y exclusivamente por la gigantesca figura de Yassine Bounou. El arquero marroquí, confeso admirador del fútbol argentino y de Ariel Ortega, sostuvo a su equipo con un repertorio de milagros: le contuvo un penal al mismísimo Mbappé, desvió un latigazo de Désiré Doué y neutralizó un cabezazo con destino de red de Dayot Upamecano, sumado a un remate al travesaño de Lucas Digne. Francia no tenía una circulación de pelota vistosa, porque su ADN no es el de la posesión obsesiva, pero su agresividad vertical hacía prever que el gol era solo una cuestión de tiempo.
El factor Mbappé y la sentencia de Dembélé
El muro marroquí aguantó hasta los 15 minutos del segundo tiempo. Fue allí donde apareció la jugada desequilibrante del campeonato: Mbappé hamacó el cuerpo en el área grande, amagó a la marca y sacó un latigazo quirúrgico al segundo palo que dejó estático a Bounou. Con esa conquista, el crack del Real Madrid no solo destrabó el partido, sino que alcanzó la línea de Lionel Messi con 8 gritos en la tabla de máximos artilleros del torneo, emulando sus impactantes registros de la última Copa del Mundo.
El impacto psicológico noqueó a Marruecos. Apenas unos minutos más tarde, con el rival obligado a adelantar tímidamente sus líneas, Ousmane Dembélé encontró el latifundio que tanto le gusta para correr. El extremo enganchó hacia adentro y sacó un derechazo cruzado que sentenció el 2-0 definitivo.
Más allá de los goles, el análisis táctico deja conclusiones alarmantes para el resto de los aspirantes al título. Francia defiende con su última línea casi en la mitad de la cancha, ejerce una presión alta asfixiante y reduce las dimensiones del campo a su antojo. Cuando recupera el balón, la velocidad de transición con piezas como Michael Olise y el propio Doué roza lo contranatura.
La única nota de preocupación para Deschamps llegó en el epílogo del encuentro, cuando Mbappé fue reemplazado con visibles muestras de dolor en su pie derecho. Aunque se lo vio sonriente en el banco de suplentes, la imagen del delantero con una bolsa de hielo encendió las alarmas del cuerpo médico de cara a lo que viene.
Francia sigue su marcha con la autoridad de los que se saben favoritos. Su próximo examen saldrá del atrapante duelo europeo entre España y Bélgica. Mientras tanto, en las pizarras de Boston quedó claro que el pragmatismo absoluto no alcanza para doblegar al rey. Quien quiera destronarlo, tendrá que animarse a proponer algo completamente diferente.