El fútbol suele ser pródigo en cruces del destino, pero la final del Mundial 2026 en el MetLife de Nueva Jersey ha llevado la simetría a un extremo cinematográfico. Mucho antes de que transformaran los rumbos de sus respectivos países, Luis de la Fuente y Lionel Scaloni compartieron un espacio físico bastante más reducido y silencioso: un aula de la Ciudad del Fútbol de Las Rozas. Sucedió en 2017, cuando el santafesino, recién retirado de las canchas tras sus pasos por el Deportivo La Coruña, Racing de Santander y Mallorca, decidió sentarse en la primera fila para obtener su licencia UEFA Pro. Del otro lado del pizarrón, dictando las clases de táctica y sistemas de juego, estaba De la Fuente, entonces un metódico formador de las categorías juveniles de la Real Federación Española de Fútbol.

Nueve años después de aquellas lecciones teóricas, el maestro y el alumno se reencuentran en la instancia más trascendental del deporte global. Lo hacen habiendo trazado caminos asombrosamente paralelos. Ninguno de los dos arribó al banquillo de la selección absoluta precedido por los flashes del estrellato mediático. Scaloni asumió de manera interina y bajo un manto de escepticismo tras el sismo de Rusia 2018, habiendo dirigido apenas un puñado de partidos en la Sub 20. De la Fuente, por su parte, edificó su prestigio desde los cimientos, escalando pacientemente por las selecciones Sub 18, Sub 19, Sub 21 y olímpica antes de heredar el mando tras el Mundial de Qatar. Ambos respondieron a las dudas iniciales con una catarata de títulos: dos Copas América, una Finalissima y una Copa del Mundo adornan el ciclo argentino; una Liga de Naciones y la Eurocopa respaldan el proceso español.
Esa raíz compartida y el respeto mutuo no se diluyeron con las responsabilidades del éxito. En la víspera del encuentro decisivo, los entrenadores protagonizaron un cruce distendido en Manhattan, donde Scaloni bromeó sobre su alivio al ver a España clasificada y admitió que había asistido al evento solo por la complicidad que mantiene con su colega europeo. «Tengo admiración por una selección que viene de ser campeona del mundo y que está dirigida por un amigo mío», le devolvió De la Fuente a los micrófonos de TyC Sports, desactivando cualquier intento de la prensa por instalar una narrativa de fricción o juego brusco en la previa.
La influencia de los apuntes compartidos en Las Rozas se proyecta con nitidez sobre el terreno de juego. No habrá en Nueva Jersey un choque de identidades opuestas, sino una puja encarnizada por adueñarse de la misma herramienta: la tenencia conceptual y la circulación asociativa. A diferencia de las posturas hiperdefensivas o de transiciones puramente verticales, tanto Argentina como España han edificado su camino a la final apostando por juntar pases y atacar los espacios con criterio. Incluso el tratamiento hacia las individualidades del rival denota el libreto de De la Fuente, quien recordó haber sufrido a un joven Lionel Messi hace dos décadas cuando dirigía las inferiores del Sevilla —ocasión en la que el rosarino le marcó cuatro goles a pesar de los cambios de marca— y adelantó que esta vez evitará el error del marcaje personal.
Cuando el esloveno Slavko Vincic dé la orden de inicio, las pizarras teóricas de 2017 darán paso a la cruda realidad de una final del mundo. Luis de la Fuente buscará el único trofeo que le falta para coronar una obra maestra de gestión integral en el fútbol español. Lionel Scaloni intentará revalidar el bicampeonato y demostrar que aquel alumno aplicado de Las Rozas aprendió los secretos del juego tan bien como para superar a su propio maestro. Una vez que se disipe la tensión y el MetLife consagre al nuevo rey, quedará tiempo para el abrazo y para aquella llamada telefónica que ambos decidieron postergar hasta que la historia termine de escribirse.