El mapa del empleo en la Argentina exhibe una marcada distorsión estructural donde el bienestar económico de los trabajadores parece estar en relación inversa a la capacidad de absorción de mano de obra de cada sector. Los rubros que ofrecen los salarios más competitivos y los índices de formalidad más robustos operan como islas de alta productividad que emplean a una porción marginal de la población activa, mientras que las actividades que sostienen el grueso de la ocupación masiva enfrentan severas dificultades para convalidar ingresos dignos.

Esta encrucijada productiva quedó reflejada en un reciente informe elaborado por el economista Daniel Schteingart, director de Desarrollo Productivo de la organización Fundar. A partir del procesamiento de los datos de la Cuenta de Generación del Ingreso (CGI) que publica el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el análisis cruza las variables críticas de remuneraciones reales, tasas de registro laboral y volumen de empleos generados, arrojando una radiografía precisa de las asimetrías que configuran el escenario laboral actual.
El techo absoluto del mercado privado lo dominan con holgura el petróleo y la minería. En estas ramas extractivas, caracterizadas por ser intensivas en capital y tecnología, los salarios promedio llegan a quintuplicar la media general de la economía y exhiben un nivel de formalidad cercano al 90%. No obstante, su impacto macroeconómico en términos de inclusión directa es acotado: en conjunto, apenas logran emplear a poco más de 112.000 personas en todo el territorio nacional, lo que demuestra las limitaciones intrínsecas de estos sectores para convertirse en motores de empleo masivo.
En busca de un equilibrio más saludable entre calidad de ingresos y volumen de absorción, el estudio destaca el desempeño de los servicios profesionales y la industria manufacturera. Los servicios profesionales —que abarcan actividades vinculadas al conocimiento, la consultoría y la tecnología— reportan ingresos un 45,8% superiores al promedio general, sostienen una tasa de formalidad del 87% y dan sustento a más de 1,6 millones de trabajadores. Por su parte, la industria tradicional convalida remuneraciones un 48,8% por encima de la media, cuenta con un 69% de empleo registrado y concentra a cerca de 2,5 millones de puestos de trabajo, consolidándose como los verdaderos sostenes de la clase media asalariada.
La contracara de este fenómeno la representa el comercio, el auténtico gigante y principal dinamizador del empleo privado en el país con más de 4,1 millones de puestos de trabajo ocupados. A pesar de su indiscutible peso específico para contener la demanda laboral, la realidad de sus trabajadores es compleja: los ingresos apenas rozan la media general y el índice de formalidad se ubica en un rezagado 59%. Esta dinámica expone que las actividades comerciales operan frecuentemente como la principal puerta de acceso al mercado de trabajo, pero bajo condiciones de baja productividad relativa y escaso margen de progreso salarial.
Finalmente, el informe advierte sobre la persistencia de núcleos duros de precarización e informalidad que afectan a millones de hogares. De acuerdo con los indicadores sectoriales analizados por el periodista económico Juan Pablo Marino, las ramas del servicio doméstico, la producción agropecuaria, la construcción y la gastronomía continúan ubicándose en el escalón más bajo de la pirámide productiva, caracterizadas por registrar las menores remuneraciones promedio del sistema y las tasas más alarmantes de empleo no registrado.