El mapa energético global volvió a sacudirse sorpresivamente. Impulsado por el recrudecimiento de las hostilidades en Medio Oriente —con nuevos ataques de rebeldes hutíes a buques petroleros sauditas en el trayecto clave del Mar Rojo y la persistente tensión entre Estados Unidos e Irán alrededor del estratégico Estrecho de Ormuz—, el barril de crudo Brent quebró nuevamente la barrera psicológica de los 100 dólares. La reaparición de una elevada prima de riesgo en las cotizaciones internacionales plantea un doble escenario para la economía argentina, combinando una oportunidad dorada en materia de divisas con crecientes presiones inflacionarias y financieras.

En el lado favorable del balance, el salto del crudo actúa como un potente catalizador para el desarrollo no convencional de Vaca Muerta. Las estimaciones privadas calculan que sostener este valor en el barril le reportaría al país un ingreso extra de divisas por exportaciones energéticas cercano a los 5.000 millones de dólares. La entrada de estos dólares resulta providencial durante la segunda mitad del año, período en el cual la liquidación proveniente de la cosecha del sector agropecuario decae por factores puramente estacionales. A la vez, el incremento en las márgenes de rentabilidad viabiliza planes de perforación y proyectos de infraestructura energética que a valores más reducidos perdían competitividad, lo que ya tuvo su reflejo bursátil en alzas marcadas para empresas del sector que operan en Wall Street, destacándose Vista y la petrolera estatal YPF.
Sin embargo, el fenómeno desencadena severas contrapartidas en el ámbito doméstico e internacional. El traslado del precio internacional a las refinerías genera una inevitable presión alcista en los precios del gasoil y la nafta en los surtidores locales. Este encarecimiento golpea de manera directa los costos de transporte de carga y la estructura operativa del campo en fases críticas como el laboreo y la cosecha, amenazando con propagar nuevos aumentos a lo largo de la cadena inflacionaria.
A esto se le suma un obstáculo macroeconómico global de primer orden: la reactivación de la inflación energética en Estados Unidos reprime las expectativas de recortes en los tipos de interés por parte de la Reserva Federal (Fed). El consecuente repunte del rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años hacia zonas cercanas al 4,70% encarece el crédito global, eleva el riesgo país argentino por encima de los 430 puntos básicos y obstaculiza el retorno del Estado y las empresas nacionales al mercado voluntario de crédito internacional.