El rumbo económico implementado por la administración de La Libertad Avanza transita por una delgada línea donde los éxitos macroeconómicos chocan de frente con la cruda realidad de la actividad interna. En una reciente disertación empresarial reflejada por los principales analistas financieros del país, el economista Carlos Melconian analizó el actual esquema de estabilización cambiaria y monetaria. Con su característico pragmatismo, el expresidente del Banco Nación lanzó una fuerte advertencia sobre el destino final de las divisas comerciales, sentenciando que el superávit estructural generado por los motores energéticos como Vaca Muerta termina diluyéndose en la persistente tendencia de los argentinos a dolarizar sus excedentes y gastarlos en el exterior, graficándolo de forma elocuente al afirmar que esos fondos concluyen su viaje en lo que denominó la comuna dieciséis, en referencia a la ciudad de Miami o las playas de Punta Cana.

El nudo gordiano del análisis de Melconian radica en la sustentabilidad del frente externo a largo plazo. A pesar de los elogios iniciales hacia el ordenamiento general de las variables, el economista cuestionó con dureza ciertas flexibilizaciones tempranas en el acceso a las divisas para atesoramiento privado, calificándolas de desatinos técnicos en un contexto donde el Banco Central de la República Argentina todavía necesita consolidar sus reservas netas. Para el especialista, un país no puede cimentar un crecimiento genuino si todo el subproducto de su balance comercial positivo se escurre de inmediato del circuito productivo interno hacia carteras de resguardo financiero en el extranjero.
Asimismo, la exposición puso el foco en una preocupante economía a dos velocidades que no logra derramar sobre el entramado social general. Los datos sectoriales demuestran que apenas una quinta parte de la estructura productiva nacional —traccionada de manera exclusiva por la minería, el sector agroexportador y los hidrocarburos no convencionales— experimenta niveles de expansión genuinos. En la vereda opuesta, entre un cuarenta y un cincuenta por ciento del aparato económico local permanece sumergido en una profunda parálisis de consumo y producción manufacturera, una desconexión que impide que el alivio inflacionario se traduzca de manera palpable en el poder adquisitivo de los ciudadanos de a pie.

Esta profunda fractura sectorial configura lo que Melconian describe como una economía sumamente gris, alejada de los ciclos históricos de convertibilidad o los años de superávit gemelos de inicios de siglo. Ante la inminencia del calendario electoral, el Palacio de Hacienda se topará con una encrucijada inevitable en la que deberá decidir si tolera un ritmo de desinflación sustancialmente más pausado a cambio de inyectar dinamismo a los sectores rezagados, o si mantiene la austeridad extrema arriesgándose a consolidar un enfriamiento generalizado. De acuerdo con su visión diagnóstica, la ventana temporal previa al inicio formal de las campañas políticas representa la última oportunidad técnica para calibrar el programa antes de que las urgencias de la política electoral distorsionen por completo las decisiones de política económica.

