La búsqueda desesperada que mantenía en vilo a rescatistas y a la comunidad binacional llegó al peor final. Tras catorce días de remover toneladas de escombros en condiciones extremas, los equipos de emergencia locales confirmaron el hallazgo del cuerpo sin vida de Lucas Gámez, el niño argentino de nueve años que había desaparecido tras el violento terremoto que sacudió a Venezuela.

El trágico desenlace ocurrió en La Guaira, la región costera ubicada a unos 30 kilómetros de Caracas que sufrió de manera directa el impacto del fenómeno telúrico. Lucas se encontraba en ese lugar visitando a parte de su entorno familiar cuando las estructuras colapsaron, sepultándolo por completo. Según reportes preliminares de las autoridades de Protección Civil venezolana, la violencia de los derrumbes en el litoral central complicó las tareas de rescate desde el primer momento, extendiendo la agonía de los allegados durante dos semanas.

La historia de Lucas refleja además el complejo fenómeno de la migración de retorno. El nene había nacido y se había criado en Argentina, pero su familia tomó la determinación de regresar a su tierra natal apenas unos meses atrás, buscando una nueva oportunidad en un contexto de reconfiguración social y económica en el Caribe.

Este doble terremoto evoca de forma inevitable los peores fantasmas de la región. La Guaira ya carga en su historia con la trágica «Tragedia de Vargas» de 1999 —provocada por deslaves catastróficos—, un antecedente que, según geólogos de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis), expone la vulnerabilidad de la infraestructura de la zona ante eventos naturales de gran magnitud. La muerte de Lucas Gámez se suma ahora a la lista oficial de víctimas de este nuevo desastre que vuelve a poner en jaque los planes de contingencia y la resistencia edilicia del país vecino.

