Hay partidos que no se explican desde la pizarra, sino desde el peso específico de los nombres propios. En el imponente escenario de Kansas City, la Selección Argentina volvió a coquetear con la frustración colectiva, exhibiendo una versión llamativamente pasiva y disminuida desde lo físico. Sin embargo, cuando las piernas ya no respondían y el fantasma de los penales sobrevolaba el estadio, apareció Julián Álvarez. El cordobés, que llegó al torneo entre algodones tras una traicionera lesión de tobillo sufrida en el cierre de la temporada europea, justificó anoche por qué las potencias del Viejo Continente se disputan su ficha: inventó un derechazo teledirigido al ángulo que destrabó el encuentro y devolvió el alma al cuerpo de un campeón defensor que camina por la cornisa del agotamiento. Así llega Argentina a semifinales.

El inicio del encuentro pareció encarrilar la noche de forma prematura. Apenas iban diez minutos de la primera etapa cuando Alexis Mac Allister, conectando de cabeza, rompió el cero y pareció darle tranquilidad a la estructura de Lionel Scaloni. Pero fue un espejismo. Lejos de asfixiar a Suiza con la tradicional presión alta que se convirtió en el sello de identidad de este ciclo, Argentina se replegó peligrosamente cerca del arco de Emiliano Martínez. El mediocampo, habitualmente una zona de control, se transformó en una autopista de transición libre para los helvéticos. El retroceso defensivo por la banda derecha fue alarmante; tanto Rodrigo De Paul como Nahuel Molina padecieron el tándem suizo durante toda la jornada.
La paridad se caía madura y llegó en el complemento a través de Dan Ndoye, quien ingresó libre de marcas por el sector más vulnerable de la defensa nacional para fusilar al arquero marplatense. Hasta allí, el sostén argentino radicaba en la solvencia de la zaga central compuesta por Cristian Romero y Lisandro Martínez, sumada a las intervenciones providenciales de «Dibu» ante un indomable Breel Embolo. El trámite cambió por completo a los 25 minutos del segundo tiempo, cuando el propio Embolo vio la tarjeta roja por simular una infracción dentro del área. Con un hombre más, Scaloni buscó frescura y respuestas eléctricas en el banco de suplentes. El ingreso tardío de Thiago Almada le devolvió la verticalidad a un equipo que, hasta ese momento, dependía exclusivamente de los envíos largos y de la lectura cerebral, aunque cansina, de un Lionel Messi que a sus 39 años administró cada esfuerzo al límite de sus posibilidades.

El desenlace en el tiempo extra quedará en los libros por la categoría de su definición. El «Araña» Álvarez, extenuado pero perseverante, encontró el espacio que buscó durante 120 minutos y colgó la pelota en el ángulo del arco defendido por Gregor Kobel. Con Suiza completamente jugada en ataque y desordenada en el retroceso, el propio Julián forzó un error en la salida de Granit Xhaka para asistir a Lautaro Martínez, quien selló el 3 a 1 definitivo en la última jugada del partido. Argentina festejó con desahogo en los Estados Unidos, pero el cuerpo técnico sabe que el margen de error se ha reducido al mínimo. La jerarquía individual compró una vida extra; ahora, el desafío inmediato radica en recuperar la memoria colectiva y la respuesta física antes de enfrentar la rigurosidad táctica de Inglaterra.

