Axel Kicillof ha decidido romper el cerco de la provincia de Buenos Aires para poner un pie en Córdoba, el distrito que representa históricamente el mayor desafío electoral para el peronismo de cuño kirchnerista. Bajo la premisa de componer «nuevas canciones» —una metáfora que el propio mandatario acuñó para sugerir una renovación del discurso y las formas de su espacio político—, su visita tiene como excusa institucional el congreso de la Sanidad en La Falda.
Sin embargo, el trasfondo es netamente estratégico: Kicillof busca proyectarse como una referencia federal capaz de dialogar con sectores que hoy se sienten huérfanos ante la polarización extrema y el avance de las políticas de ajuste nacional.

La relación con el gobernador cordobés, Martín Llaryora, atraviesa un momento de sutil equilibrio y mutua necesidad. Si bien ambos mandatarios comparten la trinchera del reclamo por el recorte de fondos nacionales y la paralización de la obra pública, Llaryora mantiene una distancia prudencial para no comprometer el perfil autónomo del «cordobesismo».
En el Centro Cívico de Córdoba, la presencia de Kicillof se observa con una mezcla de respeto institucional y vigilancia política, entendiendo que cualquier acercamiento excesivo podría ser leído como una debilidad ante un electorado local que ha sido sistemáticamente refractario a las figuras provenientes de La Plata o el Instituto Patria.

El despliegue del gobernador bonaerense en suelo mediterráneo no apunta únicamente a la dirigencia, sino a un sector del sindicalismo y la militancia que busca un liderazgo claro frente a la gestión de Javier Milei. Al rodearse de referentes de la CGT y participar en ámbitos académicos, Kicillof intenta demostrar que su modelo de gestión puede ser interpretado en clave nacional, incluso en una provincia que combina un fuerte perfil industrial con un sector agropecuario siempre en alerta.

El éxito de esta incursión dependerá de su capacidad para convencer a los cordobeses de que sus nuevas letras tienen una melodía distinta a la que el distrito ha rechazado de forma contundente en la última década.

