A las puertas de la gran definición del Mundial 2026, el clima de final no solo se dirime en los aspectos tácticos o en las declaraciones de los protagonistas, sino también en las narrativas culturales que se construyen alrededor de los equipos. Una columna de opinión publicada en la prestigiosa revista estadounidense The New Yorker encendió una fuerte controversia internacional al exponer el «desenamoramiento» de su autor, el analista de asuntos globales Ishaan Tharoor, respecto a la selección argentina. Bajo la óptica del periodista —quien pasó su infancia en Calcuta cargando una devoción casi mística por el combinado albiceleste desde el Mundial de 1990—, el actual campeón defensor ha mutado su antigua identidad romántica y caótica para convertirse en el auténtico «villano» del torneo, una postura que generó una inmediata y masiva ola de rechazo en las redes sociales de nuestro país.
El argumento central de Tharoor radica en que la Argentina de Lionel Messi ya no representa al David rezagado que desafía a los poderosos, sino a un Goliat implacable que aplasta a sus rivales en el barro. En su texto, el columnista repasa el ajustado camino del equipo de Lionel Scaloni en esta Copa del Mundo, mencionando el cruce ante Cabo Verde y acusando al seleccionado de haberse visto beneficiado por fallos arbitrales polémicos en sus cruces subsiguientes contra Egipto y Suiza. Además, apuntó sus cañones hacia el comportamiento de la hinchada nacional y rescató conflictos previos, como los cánticos de Enzo Fernández en 2024 o los dichos del periodista Eduardo Feinmann sobre los mexicanos, para trazar un perfil de «superioridad antipática» que, según él, aleja al equipo del «nacionalismo alegre» de otras aficiones.

La crítica no esquivó la figura del capitán argentino. Si bien Tharoor reconoció a Messi como el mejor futbolista de la historia, lo contrastó con el carisma populista de Diego Maradona, tildando al actual diez de ser un producto corporativo, aburrido fuera de la cancha y blindado por estrategias de relaciones públicas. Esta caracterización como el nuevo establishment del fútbol global fue el detonante para que el público local reaccionara con dureza. Las réplicas en internet no tardaron en llegar, desarmando la mirada del periodista con argumentos que exponen las contradicciones de la intelectualidad del hemisferio norte frente al éxito de las naciones del sur global.

Entre las respuestas más replicadas, diversos usuarios señalaron que al periodismo del primer mundo le agrada una visión estética e inofensiva de la periferia, donde los países son considerados «adorables» solo cuando pierden. Se argumentó que el malestar surge cuando un país del tercer mundo rompe el status quo y gana con continuidad, lo que suele incomodar a ciertos sectores que confunden progresismo con miradas paternalistas. Con ironía y agudeza, las redes sociales locales terminaron por neutralizar el impacto del artículo, dejando en claro que la Selección genera pasiones extremas y que el mote de «villano» no hace más que agigantar el folklore de un equipo dispuesto a defender su corona con los dientes.

