La fotografía social de la Argentina ha experimentado un cambio de eje tectónico en el último mes. Según los datos que arroja la más reciente Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés, el fantasma de la inflación, que durante años monopolizó la angustia colectiva, ha comenzado a ceder su trono ante una urgencia más estructural: la sostenibilidad del mercado de trabajo.

Con un 37% de las menciones, tanto los bajos salarios como la falta de empleo se han consolidado como los problemas más acuciantes para la ciudadanía, dejando en un segundo plano a la corrupción y relegando la inflación a un cuarto puesto, con apenas un 22%, a pesar de un ligero repunte en la percepción de los costos de vida durante mayo.
Este desplazamiento en las prioridades ocurre en un contexto de cristalización política. La gestión de Javier Milei parece haber encontrado un piso de sustentación tras meses de turbulencias, situándose en una «meseta» de aprobación del 37%. Sin embargo, este apoyo convive con un rechazo mayoritario que escala al 60%, dibujando un país partido en dos visiones irreconciliables sobre el rumbo de la Nación.

La insatisfacción general es el sentimiento dominante, con un 68% de los consultados expresando su malestar con la marcha actual del país, una cifra que se traduce en una desconfianza profunda hacia las instituciones: el Congreso apenas retiene un 15% de respaldo, mientras que el Poder Ejecutivo se ubica en un magro 23%.
En el plano económico, el informe desmantela uno de los pilares retóricos de la campaña oficialista. El rechazo a la dolarización es hoy una bandera mayoritaria, con un 63% de los encuestados que celebra la decisión de no haber avanzado con el cambio de moneda. Esta tendencia se refuerza con una preferencia cultural por el peso; casi la mitad de la población elige seguir percibiendo sus ingresos en moneda nacional frente a un 29% que optaría por la divisa estadounidense. No obstante, este apego al peso no es sinónimo de optimismo: el 58% de los argentinos percibe que el país está en una situación sensiblemente peor que hace un año, y una proporción similar admite que su economía familiar ha sufrido un deterioro directo bajo el modelo actual.

El mapa de liderazgos también refleja este desgaste. Si bien Patricia Bullrich y Javier Milei conservan las imágenes positivas más altas del espectro nacional, sus márgenes se han estrechado. En el gabinete, la figura de Diego Santilli emerge como el activo con mejor reputación, contrastando con el desplome del vocero Manuel Adorni, quien acumula un 73% de imagen negativa. Por el lado de la oposición, el descontento social parece haberse nucleado en torno a figuras como Axel Kicillof y Cristina Kirchner, quienes mantienen niveles de consenso cercanos al 50% entre el universo de los desaprobadores.
Finalmente, el análisis sectorial de la gestión muestra una división clara entre la ideología y la prestación de servicios básicos. Mientras que las áreas de Política Exterior y Defensa logran los mejores índices de valoración, el Estado enfrenta sus mayores críticas en la gestión cotidiana: las obras públicas, la salud y la educación registran niveles de insatisfacción que rozan el 70%. En definitiva, los datos de San Andrés sugieren que el Gobierno ha logrado contener la erosión política inmediata, pero se enfrenta ahora a un desafío mucho más complejo: convencer a una sociedad que ya no teme tanto a los precios como a la posibilidad de perder, definitivamente, su medio de vida.

